domingo, 17 de abril de 2011

El curioso caso del perro a medianoche


Un mundo demasiado grande

Christopher es un chico de 15 años que descubre que alguien ha matado al perro de su vecina y decide encontrar al culpable. Sólo hay un "pero": Christopher tiene el síndrome de Asperger y le da miedo el mundo. El desorden lo bloquea, el contacto humano le pone a la defensiva y las sutilezas y dobles lecturas del mundo adulto son completamente invisibles para él. Por todo esto, descubrir al asesino no va a ser tarea fácil. 



Además, cuando empiece a recolectar sus pistas va a encontrar más de un misterio. Y es que hay demasiadas cosas oculta en la vida de este chico, cosas que va a descubrir en el mismo instante que decida mirar más allá de su zona segura. Entenderá por las malas lo difícil que es quererle. El resto de personajes, a su vez, entenderán lo necesario que es querer a alguien como él.


El raro soy yo

Una de las cosas que ha llevado a este libro a convertirse en un éxito editorial rotundo es la elección de la voz, la maestría y certeza que ha tenido el autor para plasmar a través de palabras el mundo interior de una persona que sufre esta enfermedad, así como su visión de la realidad que lo rodea. El grado de empatía que uno establece con Christopher asusta. Se asimila con facilidad la extraña rutina del protagonista e incomoda lo raro que se revela lo normal si uno se fija con atención. Y Christopher se fija mucho.

El libro está salpicado de numerosos esquemas que nos sirven para entender los originales planteamientos de este chico. Esos gráficos nos sirven tanto como para geolocalizar la Tierra en la Vía Láctea, como para explicar la memoria fotográfica a través de la ilustración perfecta de una vaca. Estos parones visuales agilizan mucho la lectura de un libro ya de por sí rápido de leer.


La vida como ciencia exacta

No, no es una división cuyo resto es cero. No tendremos la suerte de llegar a una solución única y que una entidad más grande que nosotros como Dios o el profesor de álgebra nos diga ¡Correcto! En la vida el riesgo no siempre es compensatorio y para Christopher, ésta es la única verdad elemental que se le escapa de las manos.

En su entendimiento los conceptos universales como fidelidad, justicia o muerte carecen de matices, son impolutos, no han sido corrompidos por una sociedad que dobla dichos términos hasta adaptarlos a sus necesidades. Es justo por eso por lo que enamora esta historia, este personaje que es su propia historia. La inocencia con la que nos hace ver el mundo nos lleva de viaje a otra época, a otras fortalezas. Nos pone frente a frente a una evolución poco inteligente en la que hemos pagado demasiado para conseguir que el mundo no nos haga mucho daño. Justo lo mismo que hace Christopher pero de una manera mucho más disimulada, más difícil de señalar con el dedo. Qué cobardes, ¿no?



Las personas creen que no son ordenadores porque tienen sentimientos y los ordenadores no tienen sentimientos. Pero los sentimientos no son más que tener una imagen en la pantalla en tu cabeza de lo que va a pasar mañana o el año que viene, o lo que podría haber pasado en lugar de lo que ocurrió en realidad, y si es una imagen alegre sonríen y si es una imagen triste lloran.

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