martes, 23 de octubre de 2012

La chica mecánica


Última manzana mordida de la Historia

El futuro no es lo que era. Lejos estamos de los skates voladores de Matel y la colonización de otros mundos habitables. Estamos en éste, pero no por mucho tiempo. El poco prometedor panorama nos muestra las consecuencias de un planeta que hemos vampirizado hasta decir basta. La manipulación genética ha hecho mella en todos los ámbitos de la sociedad y un ejército de plagas e infecciones arruinan las fuentes de alimentación del hombre. Los países se han cerrado al comercio exterior, el control de las actividades se ha vuelto férreo y en esta autarquía dictatorial, ser humano no significa nada. No serlo, algo mucho peor.

Éste es el contexto en el que nos sitúa La Chica Mecánica, ópera prima de Paolo Bacigalupi. La historia nos sumerge en el Reino de Tailandia donde reside Anderson, un extranjero empleado por una multinacional alimentaria con el fin de descubrir cómo es posible que el país esté produciendo fruta inmune a las plagas.


En su investigaciones y ardides corporativos, se cruzará con Emiko, una neoser abandonada por su antiguo señor y reciclada en juguete sexual en un club nocturno de los bajos fondos. De este encuentro, Emiko redefinirá su idea de obediencia y la noción que tiene de sí misma, derivando esta reformulación en una serie de giros e identidades totalmente inesperados.

Más allá de la historia de Anderson y Emiko, la novela contiene un plantel de secundarios sólidos que no permiten que el interés de la trama decaiga ni un segundo. Y es que si Bacigalupi hace algo bien, es insuflar de vida a estos hombres y mujeres de papel que tienden al abismo durante más de quinientas páginas.



Logogenética Avanzada

La novela se ha categorizado como un tecnothriller medioambiental, llegando a convertirse en un emblema del biopunk. Y es cierto que La chica mecánica no se escapa a estas etiquetas un tanto bestsellerianas. Sin embargo, no estamos ante un novela masiva que pasa al olvido fácilmente. Si bien, la tensión de la trama está diseñada para que el libro no nos deje respirar ni un segundo, también es cierto que la técnica estilística del autor, así como el trasfondo geopolítico y económico son harina de otro costal. La base sobre la que se construye esta historia no es de fácil asimilación. Y como toda buena novela de ciencia ficción contiene abundantes neologismos que el autor casi ni se detiene a explicar. Amén de los extranjerismos que acampan en el texto. Una riada de palabras cuya composición ha tenido que ser todo un esfuerzo; su traducción, un infierno; y su lectura, un reto.

Mención especial a la carga sensitiva que Bacigalupi vuelca sobre su novela. Los olores, el tacto, los sabores y los ruidos del mercado se manifiestan como un holograma digno de mención. Y es que situar la historia en una Tailandia superpoblada y sumergida en los bajos fondos es toda una declaración de intenciones hacia los estímulos sensoriales. Y de nuevo, el autor aprueba con creces el reto. Y el traductor, con matrícula (un trabajo endiabladamente bueno de Manuel de los Reyes). Los sentidos se colapsan, se inflan y no enturbian en ningún momento la historia. Como si fondo y forma compartieran el mismo rickshaw, viajando juntos en la misma dirección.

¿El resultado final?  Un libro muy inteligente, pero accesible. Una aventura con moraleja, pero sin moralina. Una visión del futuro que no contradice nuestra noción del presente. Una experiencia estética, sinestésica, de lectura absorbente.



Elegía a lo habitable

Es la primera vez que leo una novela biodegradable, biodenigrante y necesaria. Al menos, es la primera de este calibre que me tomo en serio. El mundo tal como lo conocemos está a punto de romper su promesa de continuidad. Y no, no estoy mezclando reseña literaria con adoctrinamiento pro Al Gore. Pero lo cierto es que este relato tiene una matiz plausible que me incomoda, que me inquieta, que me hace dudar del la validez del experimento evolutivo que somos como especie. La capacidad de reemplazamiento que la evolución puede otorgar a otros seres para desplazar al mono invasor. Estamos todos sobre Zanzíbar rezando para que algo nos salve de nosotros mismos. Y contra todo pronóstico, algunas plegarias son atendidas. Sin espacio, sin oxígeno suficiente, inmigrantes en nuestro propio hogar, desalojados del único sitio habitable que el tiempo nos ha concedido.

Porque si algo queda claro en el subtexto de Bacigalupi es que no somos el punto y final de la historia de este suelo. Pero puede que nuestro bioetnocentrismo acabe siendo el desenlace necesario para esta historia de amor geoespacial echada por tierra.

  Esa es la naturaleza de nuestras bestias y nuestras plagas. No son máquinas sin voluntad que se puedan guiar en una dirección u otra. Poseen sus propios apetitos y necesidades. Sus propias exigencias evolutivas. Deben mutar y adaptarse […] La naturaleza se ha transformado en algo nuevo. Ahora somos sus creadores, literalmente. ¿No sería poético que nos devorara nuestra propia creación? 

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