viernes, 19 de agosto de 2016

Departamento de especulaciones

Las personas podrían clasificarse de modos muy diferentes. Están las que llaman después de la primera cita y las que desaparecen del mapa y nunca más vuelves a saber de ellas. Están las que creen en Dios y las que creen en sí mismas. Están las que desean con todas sus fuerzas llegar al final de Departamento de especulaciones y las que desearían tatuarse cada extracto en un trozo deshabitado de su propia piel. Yo nunca llamo primero, tartamudeo al hablar de mí y no quería llegar al final. No me siento parte de ninguna clase elegida. Pero creo fielmente en los libros esquivos. En esa clase de libros cuya lectura te deja aparentemente con la sensación de que nada ha tenido lugar y que, sin embargo, no puedes quitarte de la cabeza durante las siguientes semanas. Libros que siembran una idea en tu cabeza sin que te des cuenta, sólo para hacerte creer que esa idea es tuya y hacerla fuerte y enraizarla profundo. Libros de los que Christopher Nolan se sentiría orgulloso. Que no se me malinterprete aquí. La novela de Jenny Offill no cobija trama alguna de ciencia ficción, los mundos paralelos que plantea este Departamento de especulaciones se reducen a cartas entre amantes que divagan sobre qué será de ellos. Pero hay algo poderoso que sobrevive tras las sutilezas de la prosa de esta novela.


Todo ese ruido nos pertenece

Estamos ante el origen del amor. Ella y él se conocen a través de un amigo en común. Ella tiene el sueño de la gran novela publicada. Él le envía los sonidos más extraños que captura por la ciudad. Emprenden un proyecto juntos y el mundo los contiene. Deciden casarse, ampliar la familia y sobrevivir al paso de los días y al peso de los planes que quedaron en el aire. A priori, no hay giros inesperados. No hay un argumento del que sacar una película. Pero en la disección de esta nada cotidiana es donde reside el milagro de Departamento de especulaciones. Las dudas, los miedos y la capacidad para entender y perdonar se retratan aquí de un modo tan escueto, tan portentosamente que uno no puede más que releer y admirar  la capacidad de Offill para darle forma a lo que todos llevamos dentro. Porque si bien la autora ha decidido no ponerle nombre a sus personajes, bien podría el lector darle los suyos propios. Aquí todos nos reconocemos. Todos hemos sido el chico ejemplar y la esposa patética. Todos hemos dicho lo que no debíamos y hemos obrado en consecuencia.

Es una monotonía fragmentada lo que vuelve extraño lo cotidiano. El mismo tazón de cereales, la misma planificación del próximo fin de semana. Pero al hacer de todo una llamada de atención, al etiquetarlo con una signo de advertencia convertimos aquello que nos pertenece en algo brumoso. Offill demuestra ser una maestra en el arte de lo mundano siendo capaz vendernos nuestras propias huellas como algo novedoso y rompedor.


Los átomos de la novela

Si has leído a David Markson o a Christian Bobin sabrás que la capacidad de destrozar en pedacitos tu historia puede ser una jugada complicada. Muchos lectores se sienten que están ante un mero anecdotario sin más capacidad de conquista que la de una tarde de verano con demasiadas horas por gestionar. La novela fragmentada tiene un gusto amargo, insatisfactorio. No sacia ni distrae. No sirve para sumergirse ni para perderse, porque la novela fragmentada te enseña en todo momento la estructura y los andamios. Te saca de la historia en cada salto de página. Hay que andarse con cuidado con los espacios vacíos y los socavones entre párrafos. Uno bien podría empezar el libro por la mitad o cerrarlo sin doblar la esquina superior. Al volver, la extraña historia ya no es la misma. La novela fragmentada muta y se desdice en todo momento. Porque está viva como una cabeza aislada que no deja de pensar en todo momento. Offill se puede sentir orgullosa de pertenecer a este grupo selecto de autores capaz de cercenar miembros para que el sujeto siga con nosotros.


Departamento de especulaciones es un magnífico ejemplar. Podría exhibirse en clase de biología y en cualquier taller de narrativa. Porque la atomización de la novela ofrece beneficios alternativos. Te obliga a enfrentarte a otra forma de entender el mundo, a otro sistema de vinculación al que no estamos acostumbrados. Suelen ser libros pequeños porque en mayores dosis se ha demostrado ser mortal para los humanos. Y en 170 páginas uno entiende los riesgos de estar dentro de la cabeza de otra persona. Arriesgarse a sentirse una escoria o a saberse el timón de un barco que se hunde. La novela de Offill es una bomba de pensamiento constante que desplaza nuestro propio sistema nervioso y lo sustituye por el de su personaje protagonista. En este desplazamiento del ego reside el milagro de entender que lo único que nos importa como individuos aislados es saber por qué la gente no es como yo. Y es ahí donde a pesar de lo insatisfactorio del proceso, este libro brilla. Es en ese intercambio donde uno debería no dejar pasar la historia de una persona que no es como tú ni como yo, pero que bien podría vivir en tu casa, sacar fruta de tu nevera o decirle a tu pareja ‘te quiero’ sin que nadie se inmute por ello.

Fotografía de Silvia Grav

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