miércoles, 30 de marzo de 2011

Tres dólares


Hacerse adulto es toda una aventura cuando uno vive en un mundo abiertamente hostil. Las canciones de Joy Division que alimentaron nuestra adolescencia y los amores que una vez nos quitaron el sueño pierden importancia cuando las letras de la hipoteca, la insatisfacción laboral y la enfermad llaman a tu puerta para quedarse por un tiempo en tu vida. De todo esto y de un modo mucho más profundo de lo que pudiera parecer a priori trata Tres dólares, el debut literario de Elliot Pearlman (Melbourne, 1964).



La novela gira en torno a Eddie Harnovey, un niño al principio de la novela, que veremos crecer y enfrentarse a los conflictos de la juventud y su llegada a esa edad adulta un poco menos perfecta de lo que una vez se había planeado. El tiempo le ha dado una familia: Casado con su inestable novia de toda la vida, Tanya, y con una hija fascinada por los problemas existenciales y los anuncios de caldo de pollo, Abby. Sin embargo, ser un cabeza de familia en unos tiempos laboralmente inestables no es moco de pavo. Veremos como el propio Eddie no sólo tiene que enfrentarse a su nula valoración laboral, sino a la depresión de Tanya, a la separación de sus mejores amigos y pareja, a la vejez de sus padres y a una amplia galería de personajes que de un modo u otro le pedirán ayuda para salir de distintos atolladeros. Como telón de fondo, tenemos a Amanda, una enigmática amiga de la infancia que suele volver a la vida de Eddie en los momentos más inesperados.

El libro intercala las vicisitudes de esta galería de personajes con reflexiones muy bien argumentadas sobre la ¿las? crisis de nuestro tiempo. Analiza la sociedad no sólo a través de los problemas a los que se va enfrentando Eddie y compañía, sino con análisis pormenorizados sobre cuáles son las cuestiones fundamentales que atender en estos tiempos que corren. Si bien es cierto que la narración se ve un poco perjudicada cuando nos encontramos ante estas partes, también es interesante ver cómo se las ingenia el autor para que quede un conjunto cohesionado, prueba de la que no siempre sale airoso. Para ello utilizará charlas durante cenas, reflexiones en el tren camino al trabajo o informes laborales.

Estamos ante una primera novela notable, pero a la que le falta la pasión que puede encontrarse en la fantástica Ambigüedad (Emecé, 2006) del mismo autor. Hay partes en los que los hechos que tienen lugar pecan de gratuitos, sin relevancia alguna en la visión global de la historia. Son esas subtramas las que nos alejan de una novela que podría haber sido mucho más de lo que ya es, que es mucho. Los personajes tienen potencial pero no acaban de romper, no se usa todo el contenido que se les intuye, a excepción de Tanya en el capítulo de la confesión donde el autor da en el clavo con las palabras elegidas, con las emociones manifestadas y con el ritmo a la hora de expresarlas.

En general, Tres dólares no es una novela que pesará en el recuerdo, pero sí que merece la pena darle una oportunidad si se cruza en tu camino, si alguien la deja en el banco de al lado o en aparece por sorpresa en una librería de segunda mando a seis euros –como me pasó a mí-.

Si merece la pena ser recordada esta novela es por la importancia de reducir las expectativas en nuestra vida adulta, por la obligación moral de enfrentarse a todos los devenires con un sentido del humor envidiable y por la carga extra de esperanza que merece la pena que gastemos en esas personas que sin saber cómo un día se levantan y son incapaces de enfrentarse al mundo.

Fueran cuales fuesen mis defectos, fueran cuales fuesen las cosas que no había podido hacer por ella, las cosas que no había podido traerle o darle, para mí había sido un gran consuelo saber que había alimentado, desde los diecisiete años, una pequeña hoguera en la tenebrosa estación de su existencia solitaria. Y ahora esa hoguera se había extinguido.

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