lunes, 17 de septiembre de 2012

La Caza del Carnero Salvaje


Pérdida de una juventud tardía

Si uno sobrevive a las turbulencias de la década de los 20, llega a los indefinidos 30 años. La meta sobrevalorada de los ideales y los éxitos conseguidos. Como si más allá de esta cifra hubiera sólo campos de amapolas donde quedarse dormido mientras uno disfruta de lo cosechado.

Lejos de este planteamiento encontramos a nuestro protagonista, un hombre japonés que acumula a sus espaldas un divorcio, una agencia de publicidad bastante mediocre y una novia con unas orejas maravillosas y una vida laboral un tanto desaforada. Y todo esto con 30 años. Sin amigos. Sin casa propia. Sin atisbo de trascendencia, ni de sentimiento de logro.


A este panorama se suma una sociedad de ultraderechas cuyo líder yace moribundo debido a una enfermedad que sólo puede curar un carnero salvaje que reside en las montañas de Hokkaido. Carnero que tendrá que ser buscado por nuestro protagonista bajo amenaza de ostracismo profesional y violencia física.



El talento violento de los inmaduros

Estamos ante unas de esas novelas de Murakami con todos los elementos marca de la casa. La extrañeza implícita desde la primera página. La extraña explícita desde la página tres. Personajes que andan sin rumbo, aceptando los preceptos de otros. Gatos y comida en abundancia.

Sin embargo, en esta novela predomina el sentimiento de la pérdida de la juventud. Las cosas que vamos dejando atrás y que no van a volver. Los fracasos que empiezan a acumularse y las derrotas emocionales que nos vuelven hostiles frente cualquier forma de cariño. La idea de que aquel Norwegian Wood que cantamos a dúo tan sólo es un recuerdo que aferramos por saberlo totalmente ajenos a nosotros.

El libro publicado en 1982 guarda cierta violencia en sus formas, torpeza en el estilo que, contra todo pronóstico, le otorga al conjunto una cierta autenticidad que quizás se haya ido diluyendo en las novelas más recientes del autor. Aquí Murakami todavía no es Murakami. Y justo esta juventud del mito, le hace apostar fuerte por resoluciones poco convencionales a los conflictos que plantea la trama. Es como si fuésemos río arriba a localizar el manantial desde donde parte esa agua que tan bien conocemos.


La fuerza de voluntad es un ovino indomable

Esta es una historia de perdedores. De búsquedas infructíferas. De rendiciones antes de tiempo por miedo a perder más de lo que ya hemos perdido. Es la historia de una fuerza de voluntad vírica que entra y sale de personas débiles. De logros que no nos pertenecen. De historias contadas para no ser creídas. Y aún así, de historias ciertas. De personas que se cruzan, de otras que colisionan, de personas que se rozan entre distintos planos existenciales.

Irse, marcharse lejos, esconderse en el último rincón de una montaña como un ratón asustado por todas las vidas que no hemos sabido mantener a nuestro lado. La última versión de nosotros, la que se queda hasta el final, la que canta de madrugada con la intención de que unas orejas especiales pueda oírla. Ésa es la versión que protagoniza esta historia.

No, aquí no hay héroes. Ni historias de amor que merezcan la pena. Aquí se busca un carnero fantástico porque es mucho más fácil que encontrarnos a nosotros mismos. Y es que hemos dejado de ser tangibles. Hemos dejado de aparecer en los mapas. Ya no somos puntos de referencias de nada. Y aún así, y a pesar de esto, buscamos, buscamos la parte intransferible que sabemos que permanece callada en el pozo más profundo que nuestros seres albergan.

Pero éste no es el Murakami de los pozos, por eso será difícil encontrar el camino de vuelta a casa.



Eso es la debilidad. Es como una enfermedad hereditaria. Por muy bien que entiendas el caso, no puedes curarte a ti mismo. No es de esas cosas que se solucionan con una palmada. Y con el tiempo, empeora. Hacia todo. Debilidad hacia la moral, debilidad de conciencia, debilidad para vivir[…] La verdadera debilidad escasea tanto como la verdadera fortaleza. Tú no sabes lo que es esa debilidad que te arrastra sin cesar a las tinieblas. Pero tal cosa existe, verdaderamente, en este mundo […] Por eso precisamente me largué de la ciudad. No quería que la gente me viera caer aún más bajo. Y al decir “la gente” te incluyo a ti. Me perdía por tierras desconocidas, al menos no os causaría molestias. 

3 comentarios:

  1. De Murakami solo he leìdo Kafka en la orilla, y de continuar con èl seguirìa hacia la novela "El fin del mundo...", que me llama mucho la atenciòn. Quizà este tambièn, me lo habìan recomendado anteriormente.
    Lamento la posiciòn de las tildes, mi teclado me da puros problemas...

    ¡Saludos!
    http://ellectorempedernido.wordpress.com/

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  2. He dejado antes un comentario, pero lo he escrito desde el móvil y no tengo manera de saber si se ha publicado. Por fin tengo Internet desde donde escribo y puedo volver a decirte más o menos lo mismo que antes en el móvil, aunque no será igual... ¿dónde irán los comentarios que no se publican?

    En fin, ¡magnífica reseña! Me gusta llegar aquí y leer tus reseñas sobre novelas que leído, porque siempre descubro algo nuevo, me invitas a reflexionar y hallar ideas que están en las mismas y me pasaron desapercibidas. Por cierto, en el carnero sí aparece un pozo, aunque no el mismo en el que nadie entra a divagar demasiado tiempo. Besos

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  3. A ver si me animo, por la extensión de la novela me echa un poco para atrás, más aún porque me cuesta pillarle el punto a Murakami, ha habido libros suyos que me han gustado y otros que me han aburrido mortalmente, pero en general no he sentido aún ese entusiasmo que sienten muchos lectores por él. Yo sigo intentándolo, y este lo tengo en el punto de mira, ya veo que es de los extraños, extraños, a ver qué tal. Un abrazo

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