jueves, 31 de marzo de 2016

La reina de las nieves

He pasado todo el invierno enterrado en mantas. Me he ocultado del mundo de manera consciente. Quería pasar todos los meses fríos olvidando todo aquello que sucedía más allá de mi ventana. Y lo he conseguido. He leído más despacio de lo normal y he bebido más café del necesario. No sabía que los humanos pudiésemos hibernar de manera tan eficiente. Pero ha llegado la primavera. Y Michael Cunningham, con una novela que te da un toque de aviso para dejar ir o para comenzar.

Sí, ha tenido que llegar La reina de las nieves para que entendiese que el tiempo de las cerraduras había llegado a su fin. Ahora bostezo y escribo sobre gente perdida que se busca entre las calles de Bushwick. Aireo el nórdico en el balcón como si fuese un futón y recomiendo encarecidamente sin levantar la voz la última novela del ganador del Pulitzer por Las horas.



He visto una luz

Barret y Tyler son dos hermanos que comparten piso y futuro incierto en el Nueva York de nuestros días. Han pasado la barrera de la eterna juventud y siguen perdidos en una consecución de días y planes que no salen del todo bien. Sentimentalmente, tampoco están con el viento a favor. Barret encadena rupturas con chicos que siempre acaban dejándolo de manera inesperada. Tyler, por su parte, está al cuidado de su novia Beth cuyo cáncer terminal anuncia un desenlace poco prometedor para su historia de amor. Una noche Barret camina por Central Park y una luz ilumina el cielo de manera extraña. A partir de este hecho, una multitud de significados y consecuencias empezará a extenderse no sólo a Barret y Tyler, sino también a toda una red de amigos y conocidos cuyas vidas quedan conectadas por hilos que no se ven a simple vista.

Toda una radiografía generacional del Nueva York del 2000 en el que el desengaño político, seguido del emocional, configuraban un escenario que difícilmente pueda volver a repetirse. Unos años de histeria geopolítica que Michael Cunningham aprovecha con inteligencia para hablar del miedo público y privado, y de la búsqueda de algo duradero que no se muera antes que nosotros.


Postales neoyorquinas del último invierno

Cunningham construye su novela en torno a una serie de cuadros de personajes en los que saltamos hacia delante sin miramientos. Pasan meses, noches y personas entre unos y otros. Es el lector quien va enlazando los puntos entro lo que estaba sucediendo y lo que finalmente tuvo lugar. Esta forma de contarnos su historia rezuma un aire de obra teatral que funciona. Los diálogos cobran en este sistema una importancia absoluta y acabas recibiendo como flechas ciertas afirmaciones, ciertas dudas que puedes asumir como propias. No en vano creo que es el libro que más he subrayado en mucho tiempo. Porque si Cunningham es un tipo con talento, esto lo deja explícitamente claro en el ritmo de los acontecimientos y en el fuego lento en el que se cocinan las relaciones interpersonales. Una velocidad que no puede ir a más, ya que estas criaturas han perdido el fuelle del triunfo y han optado por fumarse hasta el último de los cigarrillos en la escalera de incendios a falta de un plan mejor. Esperando que el tiempo y la ciudad sean amables con ellos en el sentido más pragmático del término.


La edad de los milagros

¿A qué edad uno deja de creer en los milagros? ¿A qué edad uno necesita volver a creer en ellos? ¿En qué punto la ilusión deja de hacernos caso y empezamos a tontear con el desconsuelo? La edad privada no se puede medir en años, porque no es viable contabilizar las crisis y los apogeos. Los personajes de Cunningham se han quedado en ese lugar sin nombre donde los planes B resultan ser tan ineficaces como los planes Alfa. Y en ese paraje desolador es donde uno mira hacia arriba buscando algo que nos guíe, que nos compense o, cuanto menos, que nos escuche. Algo que esté por encima de nosotros y nos otorgue el don de conmovernos –no con nosotros mismos, que ya sabemos- sino con el mundo que nos alberga, que casi parecemos haber olvidado.


Las ventanas abiertas. La gente que se muere. Y la gente que se queda, esperando. Un extraño tríptico que comulga con la idea cristiana de la salvación y con el devenir de las nuevas oportunidades a consecuencia de la obsolescencia programada. El desenlace como punto de partida y, según Cunningham, el milagro como resurrección de otros estadios ajenos a la muerte.


3 comentarios:

  1. Confieso que no me seducía nada este título. Algo que bien podría versar sobre neoyorquinos desconsolados o una drag queen siberiana. Sin embargo, me rindo ante esa capacidad tuya de iluminar novelas que están un poco deslustradas en mi cabeza. Así que, mientras tú hibernas, yo saldré de caza. Cunningham es el objetivo. Aunque te recomiendo mantener siempre un ojo bien abierto... ya sabes, por si me quedo con hambre.

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    1. Hola! Lo cierto es que a mí sí que me llamó desde un principio. Admito que el diseño editorial de Lumen siempre es un plus a tener en cuenta.

      Lo de dentro fue una historia de conquista pausada, pero imparable. A mí me alegró encontrarme con un estilo como el de Cunningham, tan poco frenético, tan respetuoso. Ya me dirás qué tal si le das una oportunidad.

      Un abrazo!

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