viernes, 21 de enero de 2011

Solaris


Este clásico de la ciencia ficción nos cuenta la llegada del astronauta Kelvin a la estación de Solaris, un planeta envuelto casi por completo por un océano. Allí encontrará a Snaut y Sartorius, los otros dos habitantes de la estación que no lo recibirán con los brazos abiertos. 



La muerte de uno de los habitantes de la estación, Gibarian, antes de la llegada de Kelvin y la presencia de “visitantes” inesperados harán dudar al protagonista de su propia cordura. Y es que el océano que rodea Solaris no es una masa de agua, sino un ser gigantesco con conciencia propia que indagará en el corazón de cada uno de los miembros de la estación y les hará enfrentarse a lo más escondido que llevan dentro. Y es que si bien los astronautas tienen la misión de estudiar Solaris, el propio planeta no se quedará atrás y hará lo propio con ellos.

La atmosfera del libro es bastante inquietante. Son pocos los personajes que interactúan en el libro y nunca coinciden todos a la vez. El peso de cada habitación recae sobre ellos como una carga más. Se recorren pasillos metálicos, hay ruidos que proceden de fuentes que ignoran por completo, hay puertas que no se abren por mucho que lo intenten y pomos que se giran sin necesidad alguna de una mano. Todo ese aire fantasmagórico y espacial confiere a la obra de Lem una estética única.

Estamos ante una ciencia ficción muy introspectiva, casi existencialista. No hay combates. Ni superpoderes. Ni razas alienígenas. Sólo nos encontramos a estos tres astronautas –y sus respectivos “visitantes”- enfrentándose a ellos mismos con el fin de descubrir qué pasa en Solaris, llevando a cabo esa hazaña conquistadora de la humanidad antes si quiera de entender lo insondable que llega a ser el alma humana.

El punto flaco de la obra de Lem son los estudios solaristas. Desde que se descubrió el planeta, los humanos han indagado profusamente en todos los aspectos posibles del planeta. A veces el autor enumera todos esos avances, teorías e hipótesis que intentan explicar la naturaleza de Solaris. Son en estas partes cuando el libro se vuelve increíblemente aburrido, donde abundan numerosos tecnicismo fuera del alcance del lector medio. Como digo, son esos capítulos donde uno acaba exasperado ante el parón de la trama en pos de darle una profundidad a la historia que le hace flaco favor. A pesar de este apartado, la obra, que cuenta con dos adaptaciones cinematográficas, se agiliza en los diálogos y llega a interesar muchísimo en su recta final, donde no se habla en absoluto de galaxias lejanas, sino de segundas oportunidades, del progreso de la ciencia en detrimento de la sabiduría y del amor y la muerte como expresiones humanas intraducibles a otros lenguajes interestelares.


Y yo me esfuerzo por explicarte que te amo. Tu sola presencia borra los doce años que consagré al estudio de Solaris, y deseo conservarte junto a mí. ¿Te han enviado para torturarme o para hacerme feliz, o eres sólo un instrumento que ignora su función y del que se sirven para examinarme como a través de un microscopio? Quizás estás aquí para mostrarme amistad, como un castigo sutil, o como una burla. Quizá eres todo a la vez, o quizá, y es lo más probable, algo muy diferente. Dirás que nuestro porvenir depende de las intenciones del océano, y no te lo negaré. Yo tampoco conozco el porvenir. Ni siquiera puedo asegurarte de que te querré siempre. Teniendo en cuenta lo que ha ocurrido, hemos de esperar cualquier cosa.

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