martes, 27 de noviembre de 2012

Huérfanos de Brooklyn



Un engendro anda suelto en Brooklyn

Essrog es un apellido difícil de pronunciar para cualquiera. La prueba oral se complica si en tu boca se agolpan palabras que no saben guardar cola y quieren salir de forma atropellada hacia el exterior, hacia tu interlocutor, hacia lo desconocido que habita más allá del origen. Éste es el día a día de un tourético. Alguien que, como Lionel Essrog, es incapaz de ocultar su presencia o su sintaxis.

Para añadir dramatismo a la escena, Lionel es un detective que busca al asesino de Minna, su mentor. Un mafiosillo del tres al cuarto que ha recibido una puñalada mortal en un asunto algo turbio del que no quiere decir palabra ni en su lecho de muerte. Y claro, lo que le sobran a Lionel son palabras. Sin perder el tiempo se pone a investigar el caso a pesar de que ni sus compañeros, ni los mafiosos para los que Minna trabajaba, ni los matones, ni las mujeres fatales que pueblan Brooklyn le tomen en serio.


Solucionar el asesinato se vuelve una prueba de fuego en la mente trapecista de Lionel. Aprovecha este billete funesto para dejar de ser un huérfano más y convertirse en un hombre capaz de manejar sus propios asuntos. Aunque para ello tenga que enfrentarse al duelo de perder a la única persona que no lo ha tratado como a un engendro. Aunque para ello tenga que meterse un puño en la boca y dejar de pronunciar todas esas palabras que no le pertenecen.


El cliché asalvajado

Lethem escribe francamente bien. Ha estudiado el género noir al dedillo y lo ha retratado aquí punto por punto. Andamos por un Brooklyn detectivesco que es tan arquetipo que puede echar para atrás en un principio. Claro que hay truco. Lionel es un personaje tan ajeno a todos los códigos de la novela negra que justo por eso, todo cobra un nuevo sentido en su conjunto. Nadie puede mantener durante mucho tiempo el tipo teniendo en frente a un detective grandullón y algo lento lanzando vocablos al azar, gritando incongruencias e intentando tocarte el hombro por todos los medios posibles.

Y es que en este campo de asesinatos, traiciones y mafiosos italianos, Lionel crece como el gran personaje que es, comiéndose a todos los secundarios algo desdibujados que le rodean. Lo raro adquiere un matiz delicioso, te da la mano y te enseña los entresijos de un mundo que creías conocer basado en un género erróneamente agotado. Y es que Huérfanos de Brooklyn supone un soplo de aire fresco y bizarro procedente de la habitación donde Humphrey Bogart y Leslie Nielsen han pasado la noche juntos.


Ruido de fondo y benditas simetrías

Todos estamos mal de la cabeza. Pero desde muy temprana edad aprendemos a ocultar todos esos errores de base que vamos adquiriendo sin siquiera poder elegirlos. A veces, la distopía cerebral está tan marcada que no hay técnica posible para ocultarla. El caos de dentro es tan simétrico a la entropía habitable que nos contiene que no existe modo alguno de disfrazarlo de otra cosa. Porque equilibrar la balanza de un modo exacto es un remanso de paz dentro de todo ese ruido de fondo. Aunque al hacerlo dejemos claro que nos encontramos en un punto equidistante entre lo que nos pierde y lo que nos salva.

Y es que sólo aquellos que no pueden domesticarse a sí mismos entienden cuán importante es el orden que existe totalmente ajeno a ellos. Es por eso que Lionel tiene que exponerse al mundo, desnudar sus roturas. Tiene que restablecer a cualquier precio la armonía que ha perdido con la muerte de su amigo. Sin entender que no existe simetría que contenga el reflejo de aquellos que se han ido. Quizá es lo único que importa aprender de toda esta aventura y la única sentencia que mantendrá callada a la malcriada voz interior de Lionel.



El insomnio es una variante del síndrome de Tourette: el cerebro despierto corretea degustando el mundo cuando éste ya le ha dado la espalda, tocándolo por todas partes, negándose a calmarse, a participar del asentimiento colectivo. El cerebro insomne es también una especie de teórico de la conspiración que cree demasiado en su propia importancia paranoica: como si en caso de que pestañeara y se adormilara, el mundo sería aplastado por alguna calamidad que, no se sabe cómo, sus obsesivas cavilaciones mantienen a raya.  
 He pasado noches interminables en ese lugar. Esta noche, sin embargo, se trataba de recapitular ese estado que tantas veces me había esforzado por esquivar. Ahora estaba solo, sin Minna, sin los Hombres, era mi propio jefe en una operación de vigilancia que cualquiera sabía cómo acabará. Si me quedaba dormido el pequeño mundo de mi investigación se vendría abajo. Tenía que encontrar a mi yo insomne, agitar mi cerebro resuelve-problemas para, si no solucionar problemas reales, al menos preocuparse por ellos con el fin de mantener abiertos mis ojos entumecidos. 

3 comentarios:

  1. Me parece muy acertado decir que Huérfanos de Brooklyn supone un soplo de aire fresco y bizarro procedente de la habitación donde Humphrey Bogart y Leslie Nielsen han pasado la noche juntos. Jajaja ¡sensacional!

    Es una buena novela, Lionel es un personaje magnífico al que voy a echar de menos.
    Aunque la trama es sencilla, todo se vive y respira de forma original y en ella, en la historia que nos cuenta el gran Lethem, subyace algo más que una simple aventura detectivesca.
    Magnífica reseña, como siempre ¡sergiosaboridobaileyoreoman!

    pisa a fondo y buen viaje

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  2. Jordi, como siempre, un alegría verte por aquí! Gracias por compartir la lectura.

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