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domingo, 21 de septiembre de 2014

Bajo la piel

Reconozco que fue Glazer el que me presentó a Isserley. La película me hizo preguntarme por la novela y, curiosamente, la novela me ha hecho olvidar la película totalmente. A veces cuando crees que has encontrado algo, sólo estás ante la puerta hacia otro algo más auténtico, más necesario. Hay aquí una historia de ciencia ficción atípica, cuyos elementos no muestran más que las orejas y a través de las cuales uno tiene que imaginar el resto. Un 5 por ciento de extraterrestres y naves y un aplastante 95 en el que se nos pregunta cuántas veces tiene uno que romperse a sí mismo (física y emocionalmente) para estar a la altura de lo que se espera de nosotros. Sí, hay algo en la otra punta de la galaxia que se parece ligeramente a nosotros.


En mi casa no soy raro

Isserley es la protagonista indiscutible de la historia. Una mujer cuya misión es recoger autoestopistas sano y fuertes. Cada día se levanta, hace sus estiramientos, se mira al espejo sin reconocerse y sale de casa. A cazar. Excepto algún que otro contratiempo, sus recorridos por las carreteras del norte de Escocia suponen el grueso de la novela. Pero lejos de volverse monótona o previsible, la historia se enriquece desde dentro de esta extranjera. Su visión del mundo. Su amplitud de miras y la capacidad para adaptarse a sus presas convierten estos viajes en una masa compacta de vivencias extrañas. Porque cuando el desencanto de Isserley parece tocar fondo, Faber nos suelta una de sus perlas milagrosas y todo se vuelve más raro si cabe. Cada vez que el autor nos deja entrever un atisbo de la verdadera identidad de Isserley, el mundo se vuelve más opaco. La capacidad de asombro aumenta. Y la realidad se convierte en una pieza cárnica de exquisita calidad preparada para forzar a un vegano a alimentarse.