lunes, 27 de noviembre de 2017

Intemperie

Llevo un tiempo fuera. Casi tanto como esta novela. Quizás un poco menos. Diversos proyectos han colapsado mi agenda y, si bien es cierto que en ningún momento he dejado de escribir sobre libros, he perdido algo de asiduidad en las redes. De antemano pido disculpas a los pocos que quedéis por aquí. Tampoco sé si esto es un comeback en toda regla o el paréntesis que necesitaba.

Recuerdo que hace un tiempo escribí esta lista, cuya función principal era subrayar mi falta de constancia. Hace unos días volví a ella y entre todos esos títulos que sigo queriendo leer, Intemperie me miró directamente a los ojos. Ya sea por la escasez de libros que leo en castellano original o por la aparente facilidad de una novela que en sus 200 páginas no me llevaría más de dos tardes finiquitarla. El libro de Carrasco me ha dejado torcido en el buen sentido del término. Entiendo el boom mediático que tuvo lugar allá por 2013 cuando la novela salió publicada en España. ¿Ha perdido algo de vigencia la fuerza de este título? Ni un ápice. Porque ese el súper poder de los clásicos, que son atemporales.



El mapa es el territorio

Todo comienza con una huida, con un niño enterrado por voluntad propia en un hueco de tierra mientras es perseguido. Aquellos que lo buscan gritan su nombre en mitad de un páramo desolado, un paisaje hostil donde es imposible que el niño sobreviva. El pequeño aprovecha el manto de la noche para continuar su peregrinación hacia cualquier otro lugar, una nueva cotidianeidad que le haga olvidar la pesadilla de la que es presa. Contra todo pronóstico, en su caminar hacia la condenación da con un anciano cabrero que le ofrece pan y cobijo a cambio de usar la fuerza que comienza a nacer en el niño y que empieza a desaparecer en el viejo. En esta simbiosis se crea una suerte de milagro que permite continuar con vida al pequeño prófugo.

Sin embargo, los intereses están tallados a fuego en la corazón de sus perseguidores y no cederán en su intento de encontrar al niño. Será en estos momentos donde la novela más afila sus garras, clavándoselas al lector y guiándole hacia una resolución final dura, donde no hay cabida para redención.


El llanero solitario

Jesús Carrasco sorprendió a propios y extraños hasta tal punto con Intemperie que las comparaciones llegaron al nivel de Cormac McCarthy y Miguel Delibes. ¿Quién dijo contención? Una novela que no puede ubicarse del todo bien en el tiempo. ¿Estamos en ante un pasado remoto marcado por el éxodo rural o ante un futuro definido por el fin de la tecnología y la vuelta a los orígenes? Carrasco establece un cuándo fantasmagórico que le ayuda a descolocar al lector. La parquedad en palabras de sus personajes vibra en cada página  y se entiende gracias a esa atmósfera hostil y seca en la que los personajes intentan sobrevivir. Es tal la necesidad de ahorrar saliva que Carrasco otorga un nuevo valor a la palabra pronunciada, usada sólo en caso de necesidad. Una depuración absoluta de aquello de lo que hoy abusamos. Si lo que vas a decir carece de relevancia, guárdalo para ti, y con ello la energía y la poca agua que resida en tu boca.

Puede que los personajes no hablen mucho, pero Carrasco compensa esta carencia con una dedicación minuciosa a la construcción de escenas. El lenguaje exacto le otorga a la novela un nuevo nivel al que no suelo estar acostumbrado y consigue fortalecer la relación con el castellano.  Hacía tiempo que una novela no me obligaba a buscar en el diccionario. Había olvidado los matices que, debido a la economía del lenguaje, vamos obviando. Esta novela enaltece el cómo en su máxima expresión y lleva a la narración a unos campos fértiles en lingüística, así como parcos en formas de vida.


El Señor es mi Pastor

Hay una dimensión religiosa en la novela. Algo propio del Antiguo Testamento que subyace entre sus páginas. Una ética maniquea que separa al hombre de la bestia aunque todos caminen erguidos. No es casualidad que cuando nuestro protagonista está perdido encuentre a un pastor que guíe sus pasos y le dé amparo. Tampoco lo es la sequía con tintes de plaga bíblica que asola los campos de la novela.  Cuando el mundo se rige por la ley del más fuerte, sólo Dios posee el derecho a juzgar.

Lo decía al principio. No son pocos los que han señalado a Intemperie como un clásico. Y no porque hable de nuestro momento más actual, aunque existan paralelismos para hablar de factores intrínsecos a la naturaleza del hombre, sino porque el relato se vehícula a través de ideas eternas. Antes en el tiempo. En un futuro lejano. En la España profunda o en las zonas costeras de Asia. Hay algo que le da vigencia a la novela, sea lea en el contexto que sea. La idea de Dios. La capacidad de redención y de castigo. El clima y la ecología como factores de riesgo. La inusitada revelación de perdonar a los que nos ofenden. Y de librarnos del mal que reside en nosotros, ya sea gracias a la intervención divina o a través de quemar los campos que no volveremos a cruzar.

3 comentarios: