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miércoles, 19 de febrero de 2014

Naíf. Súper.

¿Os ha pasado alguna vez? Dejas caer el libro que estabas leyendo y abres uno que te llama desde el lugar más recóndito de la estantería. Piensas ¿ahí había un libro? y lo abres y sabes que tienes que hacerle frente a su lectura porque, por algún motivo que aún desconoces, es importante que ese libro en concreto ocupe tu tiempo. Bueno, a mí me ha pasado. Y es que este Naíf. Súper ha colapsado mi capacidad de procesar otra información que no sea la suya. Y no, no es síndrome de Estocolmo, pero debo dar las gracias por este bendito secuestro.

De pronto, no siento nada

Él ha intercambiado cualquier sentimiento por el de la ira. En un momento que no sabe identificar, sucumbió a un estado embrionario en el que las emociones aún no se han formado y por tanto no puede relacionarse con otros humanos. Él, protagonista absoluto de esta novela, deja todo lo que conlleva interactuar con otras personas y se refugia en el piso de su hermano ausente. Él, que no sabe lo que quiere, que le pesa el tiempo sobre su cabeza como una teja mal colocada, busca un anteproyecto, un pequeño esquema que le indique cómo seguir. Mientras, golpea un tablón de madera, elabora listas, le envía faxes a un amigo meteorólogo y busca desde dónde vendrá la siguiente tormenta.