¿Hasta
dónde puede inventarse uno? Según cierto precepto nazi, una mentira repetida mil
veces gana el autoconvencimiento de ser cierta. No es menos válido que algunas
ficciones son devoradas por la realidad que las acoge, y como ya decía
Baudrillard, las gracietas de lo fingido siempre son pisoteadas por la seriedad de
lo auténtico.
Gatsby
se estrena hoy, 17 de mayo de 2013. Una patina de neones, vestidos y
excentricidades –creo haber visto a una cebra en una piscina- han otorgado a la
obra de Fitzgerald la maldición de lo contemporáneo. Deseos que no han sido
formulados, pero sí concedidos. Y ahí estamos todos, poniéndole la cara de
DiCaprio a Jay Gatsby como otrora hicieran con la cara de Robert Redford.
Confieso
que la película de Lurhmann me ha empujado a la lectura precipitada de El Gran
Gatsby. Yo, tan de mi tiempo, soy bastante impresionable con esos fuegos de
artificios. Y ahora, tras haberme sumergido en la obra de Fitzgerald, no estoy
muy seguro de que quiera ver su adaptación en la gran pantalla. Me da miedo que
la historia de amor –te quieros que
salen a flote cada pocos pasos- eclipse la gran proeza de Gatsby. Ese truco de
prestidigitación que lleva a cabo para convertirse en algo que brille lo
suficiente como para ocultar lo demoledor. Lo fastuoso es la excusa. El miedo
al rechazo, la posibilidad del destierro ante el yo más elemental es lo que
titaniza y vuelve eterna la obra de Fitzgerald. Una verdad intransferible que
sólo puede ser asimilada con mucha menos luz de la expuesta hasta ahora.



