El
rojo no es un color. Ni dentro ni fuera de este libro. Pero la idea de un color
asociado a otra cosa es algo fácil de entender. Algo que puede llegar a mover a
las masas porque no se necesitan intermediarios ni complicadas elucubraciones. Y es
que cada vez se perfilan en mayor detalle todas esas distopías adolescentes que
acampan a sus anchas en la literatura en la que acabo cayendo últimamente. Lo más
reciente que ha ido a parar a mis manos es el principio de una trilogía que no
se anda por las ramas a la hora de hablar de opresores y proletariado. Y aunque
nada de lo que cuente sea nuevo o rompedor, lo cierto es que la primera novela
de Pierce Brown es fácil de leer y lleva adelante a un ejército de personajes
con soltura. No es un libro perfecto, pero ha puesto un pie fuera del
género a la hora de retratar cierta sordidez y funestas decisiones. Y eso
siempre es algo digno de agradecer.
