Llevo
una ristra de lecturas breves a cuesta. Nada serio. Nada complicado. Nunca
superan las doscientas páginas y están acorde con la falta de constancia que
impera hoy día en mi vida. Leo. Dos, tres tardes y luego me despido. Todo iba
según lo planeado. Hasta que descubrí a una alimaña en la estantería. Una
bestia escurridiza que al intentar sacarla de su lugar, me mordió la mano. No
iba a ser una lectura fácil. No por la prosa. No por el estilo. Sino porque
estaba ante uno de esos libros raros con una soberbia insultante. De los que
entre líneas guardan un cepo y una vez finalizados, al intentar alejarnos,
vemos cómo nuestro pie no responde, nuestras siguientes lecturas no tiran. De
alguna forma, me estoy viendo obligado a seguir entre animales. Comer con las
manos. Comunicarme con gruñidos. Y es que hasta ahora no había rendido cuentas con la parte menos domesticada de mi persona.
Donde viven los monstruos
No
hay periodo más animal que la infancia. Cuando uno aún no ha sido socializado.
Cuando todo -o casi- está permitido. Son los 80 y en el barrio de Brooklyn hay
una manada formada por tres hermanos dejados de la mano de Dios. Una madre
cansada y ausente. Un padre vivo, volátil y violento. Todo el tiempo del mundo
y un paisaje desolado lleno de carroña. Y hambre, el hambre como elemento
definitorio de estos animalillos escuálidos y vivarachos. Las aventuras de
estas criaturas son contadas aquí con la crudeza de la carne fresca y la
belleza temporal de aquello que ha ocultado los colmillos por momentos.
