Lo
cierto es que no pensaba ponerle ni un dedo encima a este libro. La conjunción
entre best seller y novela negra me atraía tanto como un spray de pimienta
sobre mi mirada casta e inocente. Sin embargo, el murmullo constante que se oía hacía meses y
que aún vibra en torno a la historia de los Dunne tenía validez. Nada es lo que
parece. Nada nos gusta más que creernos un prejuicio. El mundo se vuelve
cognoscible ante el mínimo esfuerzo. Y no estoy seguro de que, como dice la
campaña de marketing, no haya leído nada igual. Pero puedo asegurar, aunque a
estas alturas mi palabra no valga mucho, que ni yo ni esta novela somos lo que
un principio parecíamos ser.
Lo nuestro está perdido
Amy
y Nick Dunne son un matrimonio ejemplar. Brillan, destacan, son guapos y
triunfadores. Hasta que dejan de serlo. Y su maravillosa vida neoyorquina da
lugar a una vida más modesta en el Medio Oeste. Lo anodino de sus nuevas vidas
se trastoca cuando Amy desaparece dejando indicios claros de un asalto
violento. Vale, estas cuatro líneas definen el argumento de las primeras
cuarenta páginas. Y a partir de ahí todo se vuelve laberíntico, retorcido y
entrópico. La impaciencia, las dobles intenciones, los conocidos y los
espontáneos empiezan a mover las piezas de sitio. Los indicios se convierten en
cortinas de humo. La verdad carece de importancia. Y las mentiras, como en toda
buena historia de amor, cobran el tamaño de mascotas sobrealimentadas. Perdida es una novela mentirosa. Pero
no por omisión, sino por ser todo lo que se espera de ella al mismo tiempo y no
darte cuenta hasta mucho más tarde.
